Sobre el derribo como forma de hacer ciudad

obrero-derribo
  • Un texto sobre LEAC (Laboratorio en el Espacio de Arte Contemporáneo) [de Montevideo]
    escrito para la revista Mapeo, nº 12, sobre el rumbo que tomó esta experiencia en la que Basurama Argentina participó.

En principio, parece claro que todos podríamos construir: necesitamos la propiedad del terreno, la guita para comprar materiales, un par de licencias medio chotas -o comprables- y… ¡listo!: ahí queda nuestro aporte al soporte físico de la ciudad.
También podemos construir soporte inmaterial de la urbanidad y lo urbano: Sociedad civil, asociaciones, clubes, propuestas, proyectos, autogestión, etc.
Lo que siempre resulta más lejano o imposible es la posibilidad de derribar algo, incluso cuando sabemos que lo más interesante para la urbanidad o la vida urbana de nuesta ciudad sería, precisamente, la sustracción de algo. No es necesario que querramos sustraer algo que resulte especialmente dañino, como no estamos obligados a construir siempre algo imprescindible para la ciudad.
En los últimos años, venimos participando en proyectos “desde abajo”, colectivos y sociales que proponen gestionar y, generalmente construir, espacios públicos o “comunes” en nuestras ciudades: desde toda clase de aportes a varios solares de Madrid, hasta un club deportivo en el partido de San Martín del conurbano bonaerense, hemos construido en varias ciudades del mundo mobiliario, sociedades, asambleas, infraestructuras. Casi nunca hemos podido fabricar ciudad desde el derribo.
Sin embargo, todos sabemos que el proyecto de derribo existe: existe el bombardeo, la expropiación, el desalojo y destrucción, la expulsión. Siempre viene “desde arriba”, y tal vez sólo pueda ser de esa manera, puesto que es un instrumento con una gran capacidad de daño y dolor aplicado sin proyecto o sin cerebro. Imagine que su vecino decida tirarle el muro del living para ampliar el suyo.
Generalmente, la frontera urbana está dada por un muro de 2 dimensiones, más o menos sólido: una valla electrosoldada cayó ante nosotros cuando recuperamos por unos meses el solar de la calle embajadores 27 en Madrid, en el taller que realizamos junto a Raumlabor en 2007, un muro del grosor y altura del que tenían las prisiones del siglo XIX, tanto da: la gestión de ese borde, esa separación entre lo “propio” (sea esto privado, propiedad del estado, propiedad de una persona, una familia, una persona) y lo “común”, aquello que puede ser gestionado colectivamente por aquella comunidad que decida hacerlo.
Cuando Miguel Fascioli me enseñó la cárcel de Miguelete por google maps, y me dijo que uno de sus “alas” estaba siendo convertida en el Espacio de Arte Contemporáneo (EAC) del estado Uruguayo, pensé que era posiblemente el peor uso que podía tener una cárcel: la arquitectura individualista y represora por excelencia, convertida con poco más que una mano de pintura en un espacio común para el arte, que debería, a su vez, ser un universo colectivo para toda una sociedad. Luego conocí la Ex-Cárcel parque Cultural Valparaíso, en su triste encarnación actual, de hospital cultural, pero pude imaginar cómo fue colonizado por el dinamismo porteño. Además, hemos trabajado en varios mataderos convertidos en espacios de arte: el de Madrid, que conocemos desde antes de que se reabriera para uso cultural, el de Cochabamba -tuvimos la suerte de participar en la bienal de Arte Urbano de aquella ciudad-, y el de Elche, pero hay tantos mataderos-culturales que sería imposible nombrarlos aquí.
Parece que cuando pensamos en rehabilitar edificios, sólo se nos ocurre el programa “centro cultural”. Sin embargo, y aún sabiendo que el uso cultural es un programa flexible que ha sido frecuentemente utilizado para fines mucho más amplios de los que su nombre indica, empezamos a pensar que el uso “centro cultural” puede no ser el más provechoso para una ciudad. En  nuestra práctica, y también en la del Taller Danza, uno de los objetivos fundamentales podría denominarse “hacer ciudad”. El viejo derecho a la ciudad, de Lefevbre, o el renovado “derecho a la infraestructura”, o el aforismo “no necesitamos una casa mejor, necesitamos una ciudad mejor” podrían, cada uno a su manera, recoger ese deseo que conduce a docenas de comunidades alrededor del mundo a tomar las riendas del diseño, construcción y gestión urbanas: a construir  a veces sus ciudades sin ciudad, sus viviendas apiñadas hasta el milímetro, sin calles, y casi siempre a contribuir de manera decisiva al crecimiento, dinamismo y felicidad, así como al futuro de las ciudades a las que llegan, migrando de situaciones menos urbanas, para ellos menos deseables.
Después, nos mudamos a Buenos Aires, y desde ahí intentamos lanzar un curso en la UdelaR que recogiera estas inquietudes y que, a su vez, pudiera responder a la petición del propio EAC y de su siempre atento director -Fernando Sicco- de “expandir” el centro a la vez que “controlar” el espacio público que lo rodeaba. Parecía que la primera idea era “museificar” también la calle, donde vivían entonces unos paisanos que no tenían otro hogar. Al contrario que dejar infectarse por el espacio público, pretendía, este centro y mucho otros, “invadir” el espacio público (puede verse esta expresión en muchísimos textos referidos al asunto en los últimos años). La agenda “oculta” de Miguel era derribar un muro perimetral de la cárcel, ni más ni menos. Podríamos pensar en muchos muebles, intervenciones y acciones -tenemos varios amigos comunes capaces de hacer los mejores proyectos en ese sentido-, pero nada sería tan potente como derribar uno de esos muros. En eso estábamos de acuerdo. La cuestión era… ¿cómo aprender en el proceso, y por tanto, llegar a otro punto que no fuera el de partida?. 
Ahora que empezaron a caminar y las cosas comenzaron a acomodarse en otro sentido que el de la muy básica idea original de “invitar a todos a tirar el muro” de la anti-cárcel en la que llevan viviendo desde que la cárcel real dejó de serlo y los presos quedaron recluidos en otras cárceles, parece que están en ese camino hermoso de preguntar a la realidad y que ésta no se haga la boluda. En su día, aquel “Lucya” (Laboratorio de Urbanismo colaborativo y activo, creo recordar) que propusimos junto a Xime Villemur y Bernardo Monteverde, no salió adelante, no en una sino incluso en dos ocasiones, pero con el correr del tiempo la UdelaR se ha plantado a los pies de los muros y desde ahí asedia a la vieja cárcel de Miguelete. Es un placer participar en semejante proyecto de arquitectura de altos vuelos hecho “desde abajo” y, como gestores con cierta experiencia en los residuos que dejan los procesos productivos contemporáneos, como es, sin duda, la conversión de edificios abandonados en centros culturales, seguirá siendo una alegría aportar nuestra visión al futuro del edificio, de la frontera, y de la ciudad creada. Como dijo Germán Valenzuela ¿o fue otro?. Sea lo que sea que espacio y tiempo signifiquen, en este proyecto ocasión y localización significan más. Si le sumamos a esa gran visión del asunto el IVA del tiempo uruguayo, que siempre significa mucho, nos cebamos un mate y seguimos derribando para construir ciudad.
Madrid, 24 de noviembre de 2013.
LEAC-derribo

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