Consumo Global, Ciudadano Universal

Manila, basura global.

Basurama estuvimos en junio de 2016 en Manila Filipinas, visitábamos la ciudad por primera vez para montar la exposición de nuestro proyecto Trashlation en La Salle Benilde. Basurama somos un colectivo de arte y arquitectura que utiliza la basura en su sentido más amplio como punto de partida, como medio y como fin para pensar y construir nuevas posibilidades. Nos interesa la ciudad como área de estudio y de acción, así como los procesos complejos que en ella se suceden y conviven. En ese sentido, las famosas imágenes de los canales de Manila llenos de basura eran ineludibles para nosotros.

TrashLation es un proyecto que reflexiona sobre la identidad a través de la basura que generamos, sobre la identidad individual en los dípticos formados por un retrato de una persona y la basura que ha producido durante 24-48 horas; pero también sobre la identidad colectiva de las comunidades con las que nos relacionamos. Intimidades expuestas, selfies de nuestra cara B.

Desde Basurama llevamos años trabajando en la visualización de los residuos para evidenciar los procesos de producción, consumo y desecho que se han implantado en nuestras sociedades y para poner en evidencia que los residuos son el estandarte del consumo, de nuestros gustos, de nuestros hábitos, de nuestra posición social, de nuestros deseos.

Una de las cosas más llamativas del consumo es la falta de conciencia sobre la propia producción de basura, y la amnesia que produce sobre los bienes que vamos consumiendo y desechando diariamente; un envoltorio de chocolatina, un snack salado, un refresco, una botella de té helado, un café, tanto como miles de litros de petróleo, millones de litros de agua, bosques, etc.

Sin embargo, somos lo que tiramos: nuestra basura dice mucho de nosotros como individuos y como sociedades, y de hecho se relaciona en muchas ocasiones con el grado de “desarrollo” de las misma;  a mayor cantidad de basura más riqueza, a mayor abundancia de residuos, más desarrollo.

Nuestra basura es la huella de lo que somos,  nuestros vertederos, allí donde se encontrarán los fósiles del futuro.

No suele haber datos oficiales actualizados, así que nunca se sabe cuántos cientos de miles de envases se desechan cada día en Manila. Lo que sabemos es que, en su inmensa mayoría, son productos de empresas multinacionales que explotan un mercado de cien millones de personas, fabricando soluciones “accesibles para todos los bolsillos” y que, lamentablemente, no tienen en cuenta jamás el futuro de sus envases: ni se piensa en reducirlos, ni en reutilizarlos (el sistema de retornables aún persiste en algunos lugares), y su reciclaje- aunque sea en un porcentaje relativamente pequeño- supone sólo un gran negocio para otras empresas multinacionales que se aprovechan de cientos de miles de trabajadores informales de la basura. Los imperios europeos se expandieron en busca de materias primas en sus inicios; desde la descolonización del siglo XX expanden sus horizontes en busca de nuevos mercados, de productos y de trabajadores, y no pretenden recoger cuando se termina la fiesta.

¿Resulta impensable que las grandes empresas de refrescos se hagan cargo de sus botellas, como hicieron durante su gran expansión, entre los años 50 y 80 del siglo XX, mediante el sistema de botellas retornables? La botella de Mountain Dew, con su característico color verde flúor, refulge entre los demás residuos como un recordatorio de que hay un camión que lleva las botellas hasta las comunidades más remotas y pobres, pero no hace absolutamente nada por llevárselas.

TrashLation ha sido realizado ya en más de 25 países de todo el mundo, y aun sin ánimo de hacer ninguna sociología, sorprende constatar lo semejantes que son los residuos a nivel mundial: un puñado de empresas controlan la distribución global de la mayoría de alimentos, y sus envases, que conforman el grueso de nuestras basuras domésticas son todos prácticamente iguales.

 

La basura sólo existe en las fotos apocalípticas

– Dónde está la basura del edificio?
– Nah, aquí no hay basura
– Pero hay un servicio de limpieza… ¿Dónde llevan la basura los limpiadores?
– No sé.

Las preguntas básicas de cualquier proyecto de Basurama, que empieza recogiendo la basura real que se genera en un tiempo y espacoi dado, se repitieron también en cada una de las plantas del edificio transformer que se eleva sobre los barangays del este de Malate y que acoge las carreras de artes de la Universidad La Salle de Filipinas.

En Benilde  trabajamos la del retrato colectivo que hace de nosotros la basura, en este caso tomando a la universidad como comunidad, sus alumnos y profesores como sujetos consumidores y como generadores de esas huellas de consumo que son nuestros residuos y que tan bien, y también, nos define.

La exposición constó de 4 piezas: una gran ordenación tipo knolling de los restos producidos en la cafetería del edificio, dípticos fotográficos de personas de la universidad (Estudiantes, personal y profesores), bolsas zip que almacenan al vacio parte de esos restos, de esa memoria de nuestro consumo, y un videomorphing que permite reflexionar sobre ese personaje global sin atributos, ese ciudadano consumidor en el que nos convertimos todos en las sociedades capitalistas. En Benilde encontramos, y expusimos, su consumo eminentemente global, con bebidas azucaradas, refrescos, cafés zumos y snacks….desechos que uno podría encontrar en cualquier universidad privada del mundo.

 

 

Casi como descubridores de algo que todo el mundo ve, bajamos al sótano, donde nunca nadie había bajado, y efectivamente allí, oculta para todos, se almacena la basura, allí llega todo lo que se desecha, allí se almacena y se separa, antes de salir por la puerta trasera del edificio. Esos residuos pueden ser vendidos a una de las junk shops que hay en el barrio. Los recolectores informales que trabajan en Manila, como los de otras partes del mundo, forman parte de una cadena de explotación piramidal, en la que cada escalón explota al de más abajo. Su primer paso es vender sus residuos a una junk shop de barrio, un almacén de unos cientos de metros cuadrados donde se compran residuos al por menor , se almacenan en zigurats vertiginosos, y se venden al por mayor a un almacén mayor. Cualquiera puede ir a vender su basura a estos lugares, a cambio de unos pocos pesos filipinos, así que hay recolectores que dedican su día y su vida a recoger basuras de barangays y venderlas. Los que trabajan para pymes del sector, ya pasan a recoger la basura de edificios de oficinas o condominios, ahorrándose el paseo, y apoyándose en otros que separan los residuos en alguna junk shop intermedia propiedad de la empresa. Los que forman una cooperativa, hacen trabajos similares, en principio de manera más horizontal.

Un sistema informal, aunque estructurado que permite recuperar para reciclar algunos de los residuos producidos… de manera informal. A lo largo de la cadena se va generando valor, y desde la sucia oscuridad -literal y metafórica- de los recolectores se llega a relucientes plantas de tratamiento de residuos que suelen llevar “limpio” en su nombre.

Todos los residuos que no llegan a meterse en este sistema van a parar a monstruosos vertederos que no paran de crecer, y que todos imaginamos como infiernos de Dante. Decimos que imaginamos, porque casi nadie logra ver ninguno en toda su vida. Están lejos y ocultos. Manila no es una ciudad que logre exportar muchas imágenes positivas de sí mismas: puede que hayas visto un reportaje en televisión en el que saliera la “smokey mountain”, el vertedero hoy en día sellado, y seguramente conoces las imágenes de los canales con basura flotando, más fáciles de ver por toda la ciudad.

Compramos la botella en un Seven Eleven, viajamos con ella durante horas en alguno de los atascos del día, y la desechamos en la papelera de la universidad. Desde entonces no queremos saber nada de ella, ni siquiera pensamos en ella, hasta que la vemos de nuevo en alguna foto apocalíptica, al lado de unos pobres que trabajan con ella. En ese momento no nos quedan más opciones que culpar a los pobres por esa basura, como si fuera suya en lugar de nuestra.

 

La basura es un negocio global más: tenemos que producirla para beneficio de otros.

Gacias a Médicos del Mundo Francia pudimos visitar varios proyectos de reciclaje de e-waste y cooperativas de recicladores informales de RAEE (residuos de los aparatos eléctricos y electrónicos). Nos contaron que Filipinas recibe una enorme cantidad de residuos electrónicos para su tratamiento, pero que el número de plantas en el país es mínimo por lo que la mayor parte de la extracción se hace cuidadosamente a mano, para recuperar oro, paladio, plata y cobre. La basura es un producto global que, como todos los demás hoy en día, tiene que hacer muchos kilómetros para empezar a ser rentable. Filipinas seguramente venda plásticos para reciclar, que dan dinero a alguna empresa escandinava, e importa RAEE, que sobre todo dan cáncer.

Filipinas está considerado uno de los 5 países que más contribuyen a la contaminación de los océanos. Se calcula que el país produce 2,7 millones de toneladas de plástico anualmente, un 20% de las cuales acabará en el océano[1]. Ese porcentaje de basuras ingestionable, que sólo puede crecer mientras no cambien nuestras formas de vida y de consumo.

 

En la cafetería de Benilde, como si tal cosa, aún se friegan los platos y los vasos. Esa costumbre podría verse sustituida por una vajilla desechable para todos en un abrir y cerrar de ojos, pues no en vano Filipinas es el país de ASEAN donde más han crecido los desechos en la última década. Cambiar el mundo, cambiar el medioambiente, muchas veces no consiste en buscar soluciones complicadas y carísimas, exportadas desde occidente. Casi siempre consiste en no ir perdiendo aquello que venía funcionando.

Entre el polvo, el inmenso y horrible tráfico, la especulación urbana, el consumo desenfrenado, a la vuelta de cada esquina… se exhibe la belleza; las plantas que ocupan la calle, que cada familia cuida para ellos y para los demás…pequeños jardines en macetas, en ruedas, en latas de tomate o melocotón, que denotan un cuidado del espacio público de las calles de los barangays que aún no ha podido ser devorado por la fuerza destructora, consumidora de recursos y de vida, que supone el consumo contemporáneo.

 

 

[1] http://www.rappler.com/science-nature/environment/108276-philippines-plastic-pollution-ocean-conservancy-study

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